Es una ventana por la cual descubrimos la posibilidad de nuevos mundos narrativos. Son escrituras que experimentan con emociones figuradas desde el relato.

Taller de expresión escrita. Facilitadora: Margarita Díaz de León Ibarra

4 oct 2016

Recuerdo de invierno


La alarma sonó a la hora acostumbrada. A pesar de que despierto y estiro mi brazo para alcanzar el móvil y apagarla, no abro los ojos. Poco a poco se siente más el invierno, me lo dice el frío que se siente en toda mi habitación y que me cala en los huesos. Justo ayer dijeron en las noticias que este año había probabilidad de nieve.
Fuera de mi habitación, mi madre ya se ha levantado y, si mi oído no me falla, sé que se encuentra en la cocina. Mi pereza no tiene fin y me tapo de nuevo con las cobijas. Sigo sin abrir los ojos como intentando dormirme de nuevo. Huele a chocolate. Mamá se encuentra entonces en la cocina. Pero ese olor no es cualquiera. Se parece mucho al que papá preparó hace unos 18 años cuando me despertó por la madrugada. Esa fue la primera y última vez que vi caer la nieve del cielo.
No sé ni lo que soñaba cuando escuché la voz de papá en aquel invierno en el que yo tendría unos siete años. Me dijo que tenía que mostrarme algo. A los niños nos deberían dejar ejercer nuestro derecho a dormir sin interrupción; sin embargo, tuve que abrir los ojos, levantarme y seguirlo. Aquel frío se sentía igual que el que siento ahora bajo las cobijas de mi cama.
Mis hermanos ya estaban despiertos cuando llegué a la sala. Realmente el frío era insoportable. Recuerdo que de no haber estado frente a mis padres hubiera maldecido.
Papá siempre hace las cosas a su modo y las cosas más extrañas sabe convertirlas en un momento maravilloso. Aún me preguntaba qué hacíamos ahí con ese maldito frío, en la madrugada de aquel invierno, cuando papá abrió la cortina de la ventana de la sala para mostrarnos el exterior.
No hacía falta una cámara fotográfica para tenerlo claro por años. La madrugada no era oscura. Puntos blancos que caían del cielo iluminaban la calle. Recuerdo haber seguido varios con la vista hasta verlos posarse en el suelo que poco a poco también se iba tiñendo de blanco. Ya ni me acordaba del frío. Mamá, papá, mis hermanos y yo nos quedamos quizá horas viendo el mismo paisaje mientras bebíamos el chocolate que papá había preparado.
Sí, se siente igual ahora que me encuentro bajo las cobijas: el frío que me cala en los huesos, el olor del exterior de mi habitación, oír a mamá andar por la casa. Ojalá pronto venga papá y me haga abrir los ojos para acompañarlo hasta la sala y así veamos caer la nieve como en aquel invierno.

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