Es una ventana por la cual descubrimos la posibilidad de nuevos mundos narrativos. Son escrituras que experimentan con emociones figuradas desde el relato.

Taller de expresión escrita. Facilitadora: Margarita Díaz de León Ibarra

4 oct 2016

Al vientre

Adonai Uresti


Recostada en su habitación, los sueños van cayéndosele como las hojas de aquel otoño que se termina. Los pañuelos sucios por todas partes. Tazas con café a medio beber. Los ojos hinchados y el cabello desaliñado por la falta de aseo. Se decide a leer. Dana, hace tiempo que no sale de su casa, le faltan motivos, le sobran las culpas. Lee, subraya y encierra con billet aquella frase ya casi imperceptible: “Para que nada nos separe, que nada nos una”. Entre llantos la vuelve a leer y pide disculpas a la figura que descansa en la cruz frente a su cama.
A sus 19 años recién cumplidos, con un trabajo decente para sus necesidades, se enteró. Había quedado embarazada. El padre era Mario, el novio de su amiga Karla. Había sido dos meses antes en la casa del chico. Combinación de alcohol y alguna droga que los liberó del pudor y del miedo. Él se enteró, la llamó zorra y no quiso volver a verla. No quería problemas con Karla, la amaba, según dijo.
Dana no insistió. Decidió no contarle a sus padres y pensó arreglárselas sola, como siempre. Pasaron tres meses más y en el trabajo era presa de miradas y cuchicheos alrededor de los pasillos de la fábrica de textiles. La despidieron. Dana se quedó sin nada. Se alimentaba precariamente y siempre guardaba el cambio para cigarrillos. No le importaba.
Quería a su hija, iba a ser una niña y le llamaría Martha, como su abuela. Se acercaba la fecha para llegar al quinto mes.
Vestida con andrajos y sin nada de dinero, no soportó más. Tomó valor, o lo que es peor, se dejó llevar por la cobardía y el miedo. Se provocó el aborto en el baño de su casa. Hacía tiempo que seguía un sitio en internet que explicaba cómo hacerlo sin salir muy maltratada. Lo logró. Saldo blanco.
Para qué traerte a esta ciudad miseria a ser la comidilla de tus compañeros en la escuela, te preguntarán por tu padre, se burlarán de ti y de tu madre, te dirán que eres la hija de una cualquiera. Esta ciudad, donde es mejor abortar que ser madre soltera. No, Sandra, tú no. No lo mereces.

Lo hice por tu bien, pequeña. Se decía a diario. Aquella frase le recordaba el lazo que tuvo por unos meses con la pequeña: “Para que nada nos separe, que nada nos una”.

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