Es una ventana por la cual descubrimos la posibilidad de nuevos mundos narrativos. Son escrituras que experimentan con emociones figuradas desde el relato.

Taller de expresión escrita. Facilitadora: Margarita Díaz de León Ibarra

13 oct 2016

Incipit

Incĭpit
Damaris González Villela
Háblame, oh Musa, de aquel varón de multiforme ingenio que, después de resistir los infortunios del plomo del dios alado, anduvo peregrinando larguísimo tiempo, vio las poblaciones y conoció las costumbres de muchos hombres y padeció en su ánimo gran número de trabajos. Habiendo atravesado el mundo llegó finalmente al lugar donde hubiera de emprender una nueva batalla contra el dios que le había hecho sufrir y arrancaría de él una flecha de oro para finalmente vencerle y así volver a la doncella que fuera suya por la eternidad. Mas antes debería, por deseos de la gran diosa Afrodita, perder la memoria de cuanto hasta entonces hubiese conocido, para que ésta, sirviéndose de aquel varón, demostrara a Atenea, la victoria de los sentidos ante la razón. Anduvo así mucho tiempo, buscando para sí algún símbolo o señal que le mostrara lo que hace tiempo hubiese olvidado y que le llevaría al fin a su última batalla.
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En un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme, no ha mucho tiempo que llegó un hidalgo desmemoriado, de los de adarga antigua y de lanza en astillero. Hubo olvidado el modo en que había llegado hasta ahí, tampoco recordaba el motivo del viaje que lo tenía en tal lugar. El barbero y el cura del pueblo le intentaban disuadir de no buscar en libros respuesta alguna, tratábanlo de hacer entender que cualquiera que fuese el propósito de su viaje, no tenía utilidad ya. Mas nuestro hidalgo no atendió a los consejos que le parecieron sinrazón y encontrando en algún libro de caballería que le hizo ver que no le faltaba otra cosa sino buscar una dama de quien enamorarse, emprendió así el viaje y loco le creían cuando con su lanza atacaba molinos vociferando:
“Dios alado, niño infame
Que has osado en maldecir
Y has prohibido que alguien ame
A este mísero infeliz”
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En medio del camino de la vida, errante me encontré por selva oscura. Gran poeta hallaría yo que en su canto me explicara la senda que habría de seguir. Virgilio aproximó su paso al mío y guióme a través del infierno y purgatorio haciéndome ver almas infortunadas que pagaban deudas a Dios. Además de aquellas que en otra ocasión relataré, divisé almas que yo hubiese conocido en tiempos lejanos y que me parecieren entonces ser eternas en mi vida. Curioso fue haberlas olvidado para entonces y encontrarlas enterradas en tal lugar de llanto, mas no hubo cosa más inesperada que haberme encontrado por fragmentos en el mirar de cada uno, alma mía en cada uno de ellos, perdida para siempre y que no volvería más, remplazada ya por alma nueva construida por mí. Al final de mi travesía por fuego y pena, Virgilio abandonome en el filo del purgatorio para que siguiese yo una nueva senda. A este amigo poeta hube de abandonarlo y seguir también sin él.
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¡Cuánto me alegro de haber partido! ¡Ay amigo mío, lo que es el corazón del hombre! ¿Quién hubiera imaginado que al partir de tu lado encontraría aquí tal remanso de paz para mi alma? Estar en esta morada ha iluminado en gran medida mi alegría. Disfruto de un gran árbol que da sombra al jardín que se sitúa a la puerta de mi casa. Paso los almuerzos en un bosquesillo y tomo ahí algo de pan, miel, queso y frutas y comparto siempre con los niños que ahí juegan algún par de terrones de azúcar y una o dos monedas. ¡Ay! Lejos de aquel bullicio se encuentra realmente bien, amigo mío.
Mas escribo esta carta para hacerte partícipe de un encuentro que me llena de inefable curiosidad. En una de las tantas caminatas que suelo dar en el bosque que ya te he referido, he encontrado a mi paso a una joven de mirada taciturna y mente deleitante. Aunque resulta grácil y sonriente no me ha llamado la atención su belleza en primera instancia. Es lista y no hay cosa que disfrute yo más que intercambiar alguna palabra con ella. Sus ojos se han iluminado cuando habla de libros de un modo que no conocía yo posible.
Oh, mísero de mí al enterarme que partirá pronto a casa de su tío. La envía su padre a que aprenda algunas artes que le hagan preparase para el momento en que deba desposarse. ¡Qué disparate el que me viene a la mente! ¿Sería descabellado que fuese yo hasta la ciudad donde mora su tío a buscarle? He viajado ya largo tiempo que no es la distancia lo que me asusta. ¿Qué es esto, amigo mío, que me impulsa con furor a emprender de nuevo mi andanza?
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¿Encontraría a la Dama? Tantas veces  me había bastado asomarme, viniendo por la rue de Seine, al arco que da al Quai de Conti, y apenas la luz de ceniza me permitía distinguirla. Pero no sería esta vez la manera en que la encontraría. No. Jamás será la vida benevolente de tal manera que me coloque a la mano su piel morena. Será un acertijo llegar a ella y a sus ojos furtivos que huyen y me acechan al mismo tiempo. Será un baile de movimientos ya armónicos, ya desordenados, la suerte que me permita verla. Nadie me dirá si lo que hacemos en esta vida son movimientos brownianos o si es el fenómeno de entrelazamiento cuántico descrito por Dirac, esto que nos relaciona y nos aleja y nos vuelve acercar, mientras de fondo suena un saxofón o Ella Fitzgerald o The blues with a feeling. No, no será jamás la misma forma en que la encuentre, pero seguramente cuando suceda, nadaremos la vida como la paloma que baila y vuela ríos y nada cielos apenas descritos por el hombre.
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Muchos años después, cualquier noche de insomnio en medio de sus avanzados años, el coronel García había de recordar aquella tarde remota en que vio en los ojos de aquella Dama, la verdad indefectible que tanto tiempo había viajado para descubrir que brillaba tan cristalina como la primera vez que vio el hielo de la mano de su padre y tan fatal como el olor de las almendras amargas.
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Haría cualquier cosa por verte sonreír, Eduardo, y si no te ha gustado nuestro inicio te regalo otros tantos, perfectos y reconocidos ante el mundo como los mejores que hayan sido escritos nunca; memorables, sin par. En mi experiencia, fuera de un libro, un inicio dice poco de la historia que le sucede. Te entrego algunos y si lo deseas te doy otros cien más, a cambio te pido que no dejes de escribir conmigo y que me leas como yo te leo a ti.

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