Es una ventana por la cual descubrimos la posibilidad de nuevos mundos narrativos. Son escrituras que experimentan con emociones figuradas desde el relato.

Taller de expresión escrita. Facilitadora: Margarita Díaz de León Ibarra

11 oct 2016

Anatomía

Celina María Alfaro Pérez Molphe


No tendría que mencionar su nombre de nuevo, pero la imagen de esa persona danzaría de manera interminable dentro de su mente como una molesta enfermedad, que le recordaría por siempre de lo que estaba escapando.
Antes de ese nombre él era alguien abatido por la monotonía que asfixiaba de manera lenta su vida, pero se recordaba con cuerpo y rostro, de espalda erguida, ojos rápidos, mente sencilla. Antes era un cualquier alguien, ahora no era más que una bestia cobarde acorralada fuera de la zona donde se encontraban los que habían sido sus iguales, pero había deseado el nombre, lo había pronunciado, lo había saboreado.
No estaba listo y ahora se encontraba condenado a nunca dejar de mirar atrás, siempre esperaría que en el momento en que se distrajera esa mano lo jalaría de regreso al lugar del cual intentaba huir.
La lluvia que caía fuera del autobús bloqueaba un poco los ronquidos y murmullos de las personas que se encontraban a su alrededor. A él se le escapaba el sueño de entre los dedos, no recordaba la última vez que había podido dormir bien, solo una cosa rondaba por su cabeza, escapar.
Ya no sabía que era vivir sin un miedo constante que le susurraba sobre terrores y sombras que se escondían en los lugares más cercanos a él, que tomaba la forma de personas que había creído amar. Ah, el amor, que mentira tan más grande lo había enredado en la telaraña en la que se encontraba atrapado y era ese nombre quien le había suspirado esas cuatro letras como una dulce promesa.
Y cayó como un tonto, como tantos borregos lo habían hecho de manera estúpida y desdichada.
Pensar en todo ello le hizo apretar con fuerzas el libro que sostenía entre sus dedos como si fuera la única línea de vida que lo mantenía cuerdo, sentía como la vieja pasta comenzaba a protestar y el sudor de sus manos pegarse a las hojas.
Ahogó dos veces las ganas de vomitar antes de poder dirigir su vista a las páginas casi desprendidas por el uso, ya viejas y amarillentas pero cargadas de memorias, algunas letras habían comenzado a borrarse y él pensaba que era una amarga ironía que se reflejaba en su mente no funcional. Sus ojos cayeron en una frase que el nombre le susurraba como un mantra que había obligado a tatuarse en los rincones más lóbregos de su inconsciente y que resplandecía cuando él más deseaba y rogaba por una total oscuridad.
Leyó la frase que sabía de memoria y escuchó como se la susurraba, su voz vibraba dentro de las paredes de su cráneo como queriéndolo quebrar con un horrible dolor de cabeza << Siempre me vas a querer. Yo represento para ti todos los pecados que nunca has tenido el coraje de cometer. >> le decía ese nombre despojándolo de su humanidad, de cualquier pisca de personalidad que alguna vez pudo haber poseído.
Y recordaba a la perfección esas manos sobre su cuello y el terror acalambrando sus piernas haciéndole imposible correr o tan solo moverse, como lo habían empujado dentro de una caja de madera como si él no pesara más que una pluma y su piel aún guardaba el dolor de las astillas mientras una pregunta se le escapaba de la boca ¿es esto amor?
Y lo había sido, no podría estar más seguro de otra cosa a pesar de que sus uñas se habían caído intentando escapar de esa prisión de cuatro paredes, arañándolas y gritando hasta que de su voz no había quedado más que una memoria vacía.
Sabía que había sido amor cuando sintió decepción al ver que la primer persona en abrir ese cofre de madera no había sido ese nombre de cual ahora huía.






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