Es una ventana por la cual descubrimos la posibilidad de nuevos mundos narrativos. Son escrituras que experimentan con emociones figuradas desde el relato.

Taller de expresión escrita. Facilitadora: Margarita Díaz de León Ibarra

20 nov 2014

Clío


 

Por: Erika Berenice Cisneros Vidales.


Aquella mañana fría del mes de noviembre, luego de una siesta vespertina, se levantó de su cama de manera apesarada, cansadamente se puso sus zapatos  y caminó fuera de la habitación. La temperatura era aún más baja, lo que le hacía estremecer y sentir mayor nostalgia que la sentida en cualquier otro momento. Recordaba el dicho que dice ¨las penas con pan son buenas¨, solo que hacía una pequeña variante en la palabra pan y siempre terminaba sacando una botella de vino. Esa noche no era la excepción; y de hecho, esa ocasión era una botella especial de To Kalon, una que había guardado hacía un tiempo más lejano, de aquellos días en los que pensaba que su fama incrementaría aún más, tiempos en los que pensaba que brindaría con un trago de ese vino tinto y no con champagne como lo haría la gente normal. Pero esa noche finalmente se resignó. Vio que la fama se había ido de la noche a la mañana. Un día había sido un escritor con talentoso, con inspiración que emanaba de su ser y lo hacían redactar tan fácil como el respirar, tan fácil como ver el tiempo pasar; y al otro… un fracaso total. ¨Clío por eso me dejo¨, pensó. Sin embargo, ¿así había ocurrido? ¿No lo había dejado y luego había sido el fracaso? No recordaba, o quizá no lo quería o no podía. Pero esa era la verdad. Clío se marchó y con su partida su inspiración se llevo. En ese momento se percató. Todo estaba muy claro. Clío… su amor, la musa de su inspiración. Sintió un odio infinito hacia ella, confuso por un enorme sentimiento de amor y otro más de necesidad y dependencia que le hacían desesperar. Sintió una oleada de emociones, sentimientos y una más de ideas, una razonables y otras un poco más locas e insensatas… necesitaba a Clío  para escribir. Antes de esa noche no lo había pensado. Ni siquiera la idea había pasado por su mente, pero esa noche, el cansancio, el frío o quizá las copas le sembraron ese pensamiento descarriado. Tenía que reconquistarla, conseguir que regresara con ella, que fuera suya una vez más.  La idea lo persiguió durante semanas. Pero sabía que ella no lo quería. Sus ansias de tenerla consigo cada vez eran más enfermizas, y la apariencia sentimental de considerarla su musa, donde la mayoría lo podía ver como un acto de amor, no era más que un acto egoísta donde solo veía el interés de volver a su carrera, no había amor en sus actos. Solo era una obsesión que día a día aumentaba y con ello se sentía más solo, más vacío y sin nada que relatar. Así fue hasta que se convenció de que su hipótesis era correcta. Ella era la clave. Decidió acercarse, pero como era obvio Clío así no lo querría. Así úes, decidió hacerlo sin permiso. Acercarse sin consentimiento. Hacerlo en secreto. Se aferraba a la idea de dos volviéndose uno, el uno completo que él quería. Se obsesionaba a decir verdad. Día a noche, noche a día la seguía, la vigilaba. Si ella entraba a un café el estaba allí. Acechando. Creyendo ganar algo, llevando consigo sus apuntes en hojas amarillas a rayas, escribiendo lo que pasaba por su mente, escribiendo, relatando, creando…

Sentía como poco a poco todo llegaba a su cabeza. Una breve e insignificante acción de su musa lo hacían crear todo un mundo. Todo volvía a ser como antes. Hojas y hojas de borradores. Archivos y archivos. Era él otra vez. Nada podía arruinar su felicidad. Tenía a Clío aun no teniéndola. Nada lo arruinaría. Nada excepto una nota que encontraba por debajo de su puerta escrita a mano que decía:

Rubén:

Escribo en breve para avisarte que me iré de la ciudad, no diré a donde, no creo que te importe. Así que cualquier cosa que sea sobre el divorcio, hazla saber a mis padres. Ellos me lo notificaran.

Adiós.

Clío

Adiós. Adiós. Adiós…

Esa palabra se repetía en su mente. Resonaba en sus oídos a pesar de no haberla escuchado de sus labios. Se iría a quien sabe dónde. ¿Qué haría ahora? No podía dejarla partir. No podía. No lo haría.

Tomo su viejo coche. Un clásico de la década de los 60´s y manejó a la avenida de la casa donde solían vivir juntos antes de separarse, ahora solo habitada por ella. Allí estaría. Debía detenerla antes de que fuera tarde. Haría lo que fuese para retenerla. No le importaba que, pero la tendría consigo para siempre. La idea de tenerla lejos, de perderla le enfermaba.

En la calle, caminando bajo la luz de la luna llena estaba. Vestía un abrigo rojo. Le pediría que se quedara. Por su mente pasaba una sana y cálida conversación tomando un café. Nunca imagino lo que realmente pasaría.

La siguió hasta su casa. Donde el entraría casi por la fuerza causándole gran terror que la haría salir apresurada del lugar. El la perseguiría, haciéndola atravesar la avenida. Un coche. Un conductor distraído. Una mujer. Allí murió su inspiración. Allí saltó por la ventana.

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