Es una ventana por la cual descubrimos la posibilidad de nuevos mundos narrativos. Son escrituras que experimentan con emociones figuradas desde el relato.

Taller de expresión escrita. Facilitadora: Margarita Díaz de León Ibarra

4 sept 2014

Tu locura.

Por: Saulo Fernando Rodríguez Herrera.



Aquí estoy, recostado y con una apariencia nerviosa. Mis ojos cerrados; parece como si hiciera un esfuerzo por mantenerlos así. Soy un hombre ya maduro. La próxima semana sería mi cumpleaños número setenta y ocho. Mi cabellera, aún extremadamente poblada, no tiene rastro de una sola cana. El cabello aparenta ser el de un joven de quince o dieciséis, a diferencia de mi rostro, sumamente arrugado. Fui un tipo muy expresivo y cada mueca que hice en mi vida, fue dejando huella en la cara.

Yazco sobre la vieja caja de madera que compré el año pasado en el bazar de la anciana de la otra calle. Mis hijas no estaban muy de acuerdo, pero las obligué a prometer que depositarían mi decrépito cuerpo, cuando dejara de quejarse, en el interior de esa caja blanca. Nunca supe por qué pero mi cuerpo siempre pensó que ese sería un lugar cómodo para desbaratarse con el tiempo.

No fui un tipo que persiguiera las cosas materiales ni tampoco tuve muchos amigos, es por eso que hoy, día en que la pelona con guadaña se decidió a  llevarme, únicamente están presentes mi centenaria madre -sólo quince años mayor que yo- roncando en su silla de ruedas, mientras mi mujer inconsolable se abraza con nuestras dos hijas. Mi esposa, veinte años más joven que yo, sólo piensa en el tiempo que le queda de vida ya que tendrá que esperar en casa de Bruna, la mayor de las hijas, esa que nunca consiguió un buen hombre, hasta que la flaca se disponga a aparecer.

En la pequeña habitación, de cuatro por cuatro metros, también está Isidro, dueño de la casa y viejo amigo mío. El viejo Isidro, al enterarse de mi muerte, la de su compañero de innumerables borracheras, ofreció su casa para la velación de mi cuerpo, durante las horas o los días que fuesen necesarios. Por supuesto, en mi velorio no existe ni habrá la presencia de un sacerdote o algún dogmático religioso, ya que mi familia acordó que sería un gasto innecesario pues, nadie en esta habitación, incluyéndome, es ni fue un fiel creyente.

El viejo Isidro contempla, ebrio de alcohol y dolor, el cuerpo de su viejo camarada, echando ocasionalmente el ojo a la Bruna, quien no muestra una sola expresión en su rostro, mira al vacío como si la hubiese llevado conmigo. Mientras, Ana mi otra hija se consuela mutuamente con mi mujer a quien le dice: "Ya está mejor". A lo que Salomé (mi esposa), responde: "Viejo canalla, ni pa'pagar el agua dejó".

Ebrios, con la botella del barato aguardiente de Isidro, que ya ha dado unas tres vueltas por las manos de los que se reunieron a verme partir, con todo el dolor de sus almas, pues les han arrancado un pedazo de su ser. Ebrios de angustia por la vida a la que se enfrentarán ahora solos y con el vacío que siempre reinó en sus vidas, y que ahora cobra fuerza por mi ausencia. Empiezan a recordar. Mi madre se ha despertado pensando en mí y, sin que nadie se lo pidiera, se agarró a contar mi vida de chiquillo.
   
Mi hijo, un alemán burgués gracias a los esfuerzos de su padre. Disfrutaba pasar el tiempo jugando en el patio con sus hermanos. Sin embargo, Federico tenía problemas para relacionarse con los demás niños de su edad, ya que consideraba que sostener una plática, y más jugar, era una pérdida de tiempo.

Por otra parte, cuando sus hermanos no estaban en casa, disfrutaba de la tranquilidad y el silencio que conlleva la soledad. Gozaba en estos momentos de realizar las lecturas de los libros que yo le compraba. Al acabar agarraba los textos de su padre, libros que para el común de los pequeños de su edad, resultaban sumamente complicados por el lenguaje que éstos usaban. Incluso sus hermanos, todos mayores que él, lo abrumaban diciéndole que dejara esos aburridos libros y se consiguiera unos cuantos amigos.

Esto último era lo que molestaba más a Federico. Siempre llevaba consigo una libreta de apuntes. Curiosamente, la reservaba a los momentos en que no podía controlar sus emociones. Lo único que lo tranquilizaba, era pasar todos esos sentimientos al papel. Por último, si ésto no funcionaba, solía acudir a mis brazos, sabía que yo tenía el método perfecto para consolarlo. No sé por qué aquellas rancias galletas le encantaban, pero por años cada semana me obligaba a comprarlas.

Si bien, Federico creía que odiaba a toda la gente extraña, o por lo menos no gustaba de la compañía de los niños de la escuela, había una chica en su salón de la que no se cansaba de escribir en su pequeña libreta. Sin embargo, el tímido Federico nunca se atrevió a acercarse a ella. Siempre que llegaba a casa, lo esperaba con la bolsa de galletas y un fuerte abrazo. Esto le bastaba para olvidarse de sus problemas amorosos.

Como era un niño muy inteligente, solía vengarse de sus hermanos de manera tan sigilosa, que aunque sabían bien quién se esforzaba por amargarles los días, jamás tuvieron pruebas para demostrarme sus pequeñas fechorías.

Después de estas palabras, la madre de Federico se quedó callada y sin más se desvaneció en su silla.  

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