Es una ventana por la cual descubrimos la posibilidad de nuevos mundos narrativos. Son escrituras que experimentan con emociones figuradas desde el relato.

Taller de expresión escrita. Facilitadora: Margarita Díaz de León Ibarra

2 sept 2014

La caricia de una pluma.

                                                Por: Jairo Cristóbal Norato Franco.




Él. Nervioso iba al encuentro de Sandra, pensaba en los buenos momentos que habían vivido juntos. Su actitud disímil en los últimos años le indicaba que probablemente esa cita sería la última, lo sabía bien. Iba decidido a enfrentar las crueles palabras que se llegan al final de un noviazgo. Caminando recordaba esa alegría de ir al encuentro con ella, le fue inevitable verse de la mano y con una sonrisa que hacía mucho ambos no tenían, en el fondo también se sentía ansioso por que culminara todo. Ya no se sentía querido. Por más que él se empeñara en acariciarle hasta los últimos rincones de su cuerpo, no lograba verla llena de ese amor que él tenía. Los encuentros se volvieron rutinarios y le agradaba la comodidad que al principio eso representaba, aunque la comodidad no precisamente fuera que no le amara, más bien Ramiro creía que se le había olvidado el arte de amar y de ser amado. Hoy ella había decidido dar ese gran paso. Siempre ella tenía la iniciativa, el empuje sutil de proponer cosas, decirlas y hacerlas ver como si él fuera quien decidía. Llego temprano como de costumbre, otra de esas costumbres que no podía dejar.

Ella. Caminaba decidida a terminar lo que hacía tiempo ya le hastiaba. Sí, no lo negaba disfrutaba muchos aspectos de la pareja que tenía hace más de siete años con Ramiro, tres o dos atrás, tal vez menos primaveras en las que ella sentía haberlo perdido. Para Sandra, él se volvió aburrido; rutinario y últimamente descuidado, esa barba larga que se dejó y que para nada le gustaba, le producía comezón, tenía un olor extraño. Le pesaban los encuentros en público, ella siempre tan arreglada y el otro en pants. Todo parecía centrado a los momentos de goce que en la alcoba vivían, ahí su cuerpo era el que le ganaba a sus pensamientos y siempre cedía al encanto de esos pantalones de delgada tela polar, a sus manos y brazos fuertes a sus puntuales caricias en zonas que tardo un poco de tiempo encontrar pero que ya sabía de memoria y que la descontrolaban. Ramiro se había vuelto experto en ella y de algún modo le causo siempre una complacencia grata. Pero en realidad nunca le quiso, ni le amo, como le llego a decir tantas veces.

Ellos. Sentados en el parque, ambos sin querer buscaron una parte solitaria. Pensaban que los escándalos en algún momento dado podrían suceder y prefirieron inconscientemente evitarlos. Solo se encontraba cerca de ellos un hombre alimentando a las palomas, las cuales hacían un bello tapete volador que ondeaba bajo.

De pronto una pluma cayo lentamente por la plaza, en lo alto veían la parvada que se alejaba debido a un niño travieso que las espanto. Esa pluma estaba dirigida a Ramiro el cual en un momento de sopor se dejó llevar en un pensamiento eterno y lentamente sintió el deslizar sobre su rostro la delicada caricia de la pluma. Sonrió. Sandra enojada lo observaba, siempre con sus distracciones absurdas. Justo en ese momento Ramiro la observo, miro sus ojos inquisidores y paso la pluma suavemente por las manos de aquella a la que le había dado el anillo de compromiso hace tres meses y se dio cuenta que nunca lo podría acariciar con esa naturalidad con la que la pluma lo había hecho, con esa suavidad inmediata que produce escalofrió y sopor. Entendió que su sentir jamás seria genuino. Ella de pronto vio lo inocente que podía ser, lo difícil que es encontrar a un hombre que este siempre ahí para ella, se vio su bello anillo, se acercó a Ramiro y recargo su cabeza en su hombro.

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