Es una ventana por la cual descubrimos la posibilidad de nuevos mundos narrativos. Son escrituras que experimentan con emociones figuradas desde el relato.

Taller de expresión escrita. Facilitadora: Margarita Díaz de León Ibarra

2 sept 2014

La alegoría de Adolfo


       
Por: Katia Sánchez Ortega





   
De madera fina está hecho el féretro en donde he estado descansando desde antes de las 6 de la tarde. Cedro, con relieves en las esquinas de pequeñas flores doradas. Intacto. Abierto a todo público del dorso hacia arriba, mutilándome las piernas a la vista del espectador. 

No parecía estar dormido, postrado como estatua de mármol, ajeno a alguna clase de alma que pudo haberme habitado. Con la última expresión en el rostro, con las manos encima de mi pecho y un anillo en mi mano izquierda ancho y brillante, con un peinado ridículo, respirando algodón, la gente transitaba alrededor, volvían, venían, con la cara empapada o demasiado reseca.

Los pliegues de mi traje negro, están perfectamente marcados, le faltaba un botón al saco, justo el que pudo haber opacado la vista de un cuello huesudo. Las delgadas velas fallecen al trascurrir la tarde, guiadas por los movimientos de los invitados y los no tan invitados elegantes, las llamas no se apagan, a pesar de la corriente de aire, causada por las puertas que hay en cada muro de la habitación, la más fría del edificio en planta baja, pretexto para que, cuando el morbo les aburriera, salieran a fumarse un puro. 

La procesión de mujeres taciturnas ayuda a ambientar el silencio que reina, pese a sus velos y sollozos que desprendían gachas con rosarios en mano y el rostro arrugado. Sólo se distingue el sorbo en secuencia de los cafés, uno tras otro, que al quemarse la lengua, van y lo dejan olvidado en alguna de las mesas de cristal en los escondites de ese cuarto de concentración.

Por más de medio siglo tatuado en la piel, seguía sin ser visto por más de cinco minutos, siendo presa solamente de sus discursos argumentativos de una vida que no conocieron, ni siquiera le sonrieron. Ya no hay lugar para estacionarse, conforme a eso, se está vaciando el cuarto, van dejando detrás las bromas y tragedias que se reunieron a platicar.  Podían tocar la tensión de las miradas perdidas de aquellos que fueron cómplices de mi existencia y que ahora no son más que personajes de una escena caprichosa del sujeto sentado en frente de la plaza, que desde su distancia sólo era a partir de ahora, comida para los gusanos.

Adolfo había estado por tercera vez en la semana escondido tras los arbustos del patio trasero de su abuela materna. Había huellas de sus diminutos pies por todo el pasillo principal de la casa verde. Le gustaba sentir como el lodo se esparcía entre sus dedos cuando hacía presión en el suelo; sin embargo pasaba más tiempo buscando a los animalitos con caparazón, esos con más de ocho patas, al menos ocho era el número en el que siempre se quedaba antes de aplastarlos con el índice y el pulgar. Su estatura no le favorecía, menos con esos pantalones de cuadros que siempre portaba, lo único que valía la pena de su atuendo, eran esas camisas blancas de cuello planchado con un bolsillo de lado izquierdo, en donde guardaba todos los objetos pequeños que encontraba, sus favoritas, las legumbres, las envolvía en un pañuelo que le había dado su madre para sus fluidos nasales. Todas las noches, mientras su padre fumaba tabaco en esa pipa blanca de marinero desahuciado, se sentaba en el suelo, en la alfombra roja caliente de su despacho, ponía cada figurita a su alrededor, para formar un circulo, que lo protegiera de cualquier pensamiento real que su viejo, seguramente estaba viviendo. Mientras con la mirada directa en el candelabro amarillo del techo posaba, lo cubría un humo denso y el trataba de alcanzarlo haciéndolo parecer más cercano al cielo, con el cáncer en los dedos. Odiaba los lunares que tenía en las manos, tres puntos en la muñeca, pensaba que conforme iba creciendo lo iban a cubrir hasta dejarlo todo negro.


Tratando de ser un niño con el berrinche en las alturas, pedía por enésima vez la colección de trenes que tenía su madre, heredado por su padre hace mucho tiempo. Un estruendoso “no” siempre acompañaba esa petición y se iba con lágrimas en toda la cara, lamiéndose la sal con múltiples gestos horribles. Nada que no arreglara Julia, su nana, con un pan con nata. Cada viernes su madre se sentaba con él a repasar sus lecciones, las cuales ya las sabía, pero era el único momento en el que podía estar con ella, sin órdenes ni reclamos. En una mesa en el jardín, ella hablaba, leía y le miraba, le gustaban sus orejas grandes y esa marca de viruela en la frente, los vestidos con holanes que le cubrías sus esqueléticas rodillas. Al tiempo siempre dormía solo, en su cuarto, con una sola luz en el techo, solitaria con una polilla volando alrededor, y su ropa planchada a un lado de su cama, esperando al día siguiente, perdiendo su infancia cada que la puerta se cerraba.   

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