Es una ventana por la cual descubrimos la posibilidad de nuevos mundos narrativos. Son escrituras que experimentan con emociones figuradas desde el relato.

Taller de expresión escrita. Facilitadora: Margarita Díaz de León Ibarra

28 may 2015

Golondrina, golondrinita.

Natalia Loredo Moreno

Recuerdo cómo cuando era niña imaginaba que vivía dentro del sueño de un gigante. Las cosas eran fáciles y mentir lo era aún más.

Inventar esas cosas como quien necesita calmar la ansiedad por explicarlo todo, y a la vez, asumir que no se sabe nada. Compensaba así mi capacidad para comprender.

No estoy curada. Aún hoy en día me encuentro preguntándome muchas absurdeces que, a las cabezas de algunos que, seguramente son muy intelectuales darían vergüenza. Mientras tanto lo único que sé, es que en estos casos la literatura es el único sitio habitable. El escaparate perfecto.

Durante mi infancia yo nunca quise otro cuento ni otra historia, más que El príncipe feliz. Será que aquellos libros que papá traía a casa, no los entendía. Mis primeras lecturas memorables y elegidas eran creaciones de Oscar Wilde. Ese hombre cínico y mordaz, de relatos de gigantes, aves y fantasmas, llenos de armonía, pero desgraciados.

Por muchos es sabido que Wilde fue enjuiciado y encerrado en la cárcel. Mientras se le enjuiciaba hizo ver a quienes lo juzgaban, como carentes de imaginación y sentido común. Fue un hombre de actitud irónica y desafiante, incapaz de abandonar el sentido del humor. Sin embargo de todas las virtudes la que más le admiré, fue la franqueza.

Es “la verdad” aquello que se asoma detrás de la decadencia del hombre; y su grandeza, su vergüenza. Oscar nos ridiculiza al tiempo que desnuda y descubre nuestra alma.

Desconociendo yo, aun las razones que le llevaban a escribir sus cuentos para niños y desconociendo su vida, me emocionaba con relatos conmovedores cuya enseñanza rondaba en los sentimientos más puros como el amor, la amistad, la sabiduría y la piedad.

Quién sabe si Oscar habiendo conocido las dos caras del mundo, la riqueza y la miseria, encontró la verdadera belleza.

Pero yo ahora, cada vez que necesito recordar lo que para mí verdaderamente importa, sin importar lo que se sepa o lo que se crea, si existen letras, después del juicio, después del ruido del mundo, siento al gigante llamar: -golondrina, golondrinita, al pie de cualquier cielo y cualquier canto. Recuerdo al que alguna vez mi amado fue: su cubierta era de oro y de plomo olvidado su corazón.



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