Es una ventana por la cual descubrimos la posibilidad de nuevos mundos narrativos. Son escrituras que experimentan con emociones figuradas desde el relato.

Taller de expresión escrita. Facilitadora: Margarita Díaz de León Ibarra

5 oct 2014

La mina de “Toro”

Por: Ivonne Fabila García





El poblado de “Toro” cayó en la pobreza después de la guerra. Los hombres se fueron y nunca regresaron. Quedaron sólo los niños, las mujeres y los ancianos. Los años transcurrieron y los niños se convirtieron en jóvenes llenos de sueños e ideales, pero en semejante lugar solo les esperaba la miseria y la desesperanza.


En los años de abundancia, el pueblo era productivo gracias a la minería. Aunque también se decía que el gran toro blanco, que vivía en las praderas cercanas a la entrada de la mina, tenía poderes mágicos que les otorgaba suerte. De tal manera que todas las mañanas los mineros veían su imponente figura, coronada con el sol a su espalda. 

Un buen día, sietes jóvenes desesperados por su inmunda situación, decidieron ir a la mina para trabajarla y encontrar oro, plata o piedras preciosas; pero nunca regresaron. Algunos dijeron que se perdieron en su interior, ya que era demasiado grande y los túneles parecían un laberinto.  Después del suceso, los demás jóvenes del pueblo tenían miedo de adentrarse en las profundidades de la mina y correr con la misma suerte.

La madre de Teo cayó enferma de gravedad y necesitaba un médico, el cual se encontraba en un poblado cercano, pero ellos no tenían lo suficiente para pagar, ni los medicamentos. Así que aquel joven fuerte, vigoroso, de firmes decisiones, pero algo temeroso, se dirigió a la mina en contra de los deseos de su madre.

Teo llegó a la derruida entrada de la mina sin poder visual aquel hermoso toro, que al igual que los hombres de su pueblo, se fue y nunca más volvió. Temeroso entró, con tan sólo una lámpara de mano y una mochila en la que llevaba un par de cosas que le serían de utilidad. A los pocos pasos encontró un pedazo de carbón, que levanto para ir marcando las paredes y no perderse en aquel inmenso lugar. Bajó por el elevador de poleas, adentrándose en las profundidades y caminó entre los túneles. De repente, visualizó aquel fornido toro blanco. No lo pensó dos veces, Teo arrojó sus cosas al suelo y con lágrimas en los ojos se lanzó para luchar a mano limpia contra él. “¿Por qué? ¿Por qué te fuiste? Desde que nos abandonaste todo se torno triste, obscuro y miserable. ¡Fue tu culpa! Ahora, lo único que tengo en la vida, mi madre, se muere. ¡Eso también es tu culpa!” Lleno de ira, y tomando al toro por los cuernos, luchaba contra él. “¡Vamos, no seas cobarde, pelea! Primero te vas y ahora, ¿te niegas a pelear? ¡Pelea!” Después de un rato, Teo se dio por vencido frente al manso toro, cayó arrodillado y dijo: “Tienes razón. No tiene caso luchar contra el pasado, pues nada se puede cambiar. No eres culpable de haberte marchado, porque también fuiste víctima de las circunstancias”. El jóven se levantó esperanzado, y continuo caminando por los túneles de la mina.

Después de un largo andar, se detuvo. Comenzó a cavar en busca de piedras preciosas. Pero cavó y cavó, sin hallar nada. Llegó a la desesperación, pues si no encontraba algo valioso no podría salvar a su madre de aquella enfermedad. Además había pensado que si se topaba con un gran tesoro, aquello le permitiría viajar y recorrer el mundo como siempre fue su sueño. Decepcionado y cansado, se sentó a comer un poco del pan que aún le quedaba en su mochila y meditó largo tiempo frente al montón de tierra, resultado de su arduo trabajo. Esto lo ayudó a comprender que era momento de buscar en nuevo lugar, pero no sólo eso. Entonces se dio cuenta, de que en su vida también había permanecido demasiado tiempo en una misma situación. Se levantó esperanzado y comenzó a caminar nuevamente por los corredores de ese laberinto.  

Teo giró su lámpara y la luz se reflejó. De inmediato corrió hacia ese lugar, pues pensó que alguna piedra preciosa destellaba. Mientras más se acercaba, el brillo era cada vez más intenso. Al llegar ahí, vio a un hombre fornido que parecía un minero sucio y aterrado. Se talló los ojos, volvió a mirar y cayeron sus lágrimas, pues recordó la silueta de su padre, a quien parecía tener enfrente en ese preciso momento. Teo se miraba a sí mismo, pues aquello que reflejaba su luz era un gran espejo.  “¡Ya soy un hombre y ni cuenta me he dado! Me escondí demasiado tiempo bajo las faldas de mi madre, llorando la ausencia de mi padre y teniéndome lástima, resultado de las circunstancias del pueblo tan miserable en el que me ha tocado vivir. ¡Qué tonto he sido! No me di cuenta que el verdadero tesoro, está dentro de mí: en mis manos, en mis piernas, en la fuerza y en la juventud que poseo. Finalmente, solo me tengo a mi mismo, es mi vida la que tengo que vivir y ni el pueblo ni mi madre podrán cambiar mi situación, si yo no hago nada. Es momento de seguir adelante y buscar mi propio destino”. Lleno de entusiasmo, Teo comenzó a cavar de nuevo. Buscó en varios lugares, sin desilusionarse.

Así, dentro de las profundidades de la mina, Teo encontró algo tan valioso como los diamantes. Al salir, no sólo auxilió a su madre para curarla de aquella terrible enfermedad, también ayudó a su pobre y desvalido pueblo: lo transformó. De tal modo que aquel joven, ahora tan respetado, fue comparado con el hermoso toro blanco, que años atrás, había inspirado el nombre del poblado. Pero lo más importante, Teo se hizo responsable de su propio destino.

Fin

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