Es una ventana por la cual descubrimos la posibilidad de nuevos mundos narrativos. Son escrituras que experimentan con emociones figuradas desde el relato.

Taller de expresión escrita. Facilitadora: Margarita Díaz de León Ibarra

14 sept 2016

El Jardín de mi abuela

Por María Fernanda Rostro Saldaña


Me encuentro algo cansada ha sido una semana difícil en la universidad con tantos proyectos, exámenes, tareas y trabajos he acumulado demasiado estrés, y ahora que es viernes y por fin tengo un poco de tiempo libre he decidido descansar y relajarme, así que me dirijo a visitar a mi abuela su compañía siempre me reconforta y el hablar con ella alivia mis pesares.

Al llegar a su casa me encuentro con que su jardín está húmedo a causa de que mi tía acaba de terminar de regarlo, el olor a tierra mojada mezclado con el olor a flor de azahar que despiden los naranjos, me resulta muy placentero ese perfume en particular siempre me ha gustado mucho pues  lo relaciono enormemente con mi infancia.

La dulce fragancia me transporta instantáneamente a mi niñez, comienzo a recordar cuando tenía seis años, en ese entonces era una niña muy inquieta, me encantaba correr descalza por el jardín y sentir el pasto entre los dedos de mis pies.

En ocasiones se sentía suave y terso, en otras ocasiones cuando aún no había sido podado se sentía rasposo, me causaba picazón y un ligero cosquilleo.

También recuerdo  el olor embriagante y dulce que se desprendía de los jazmines y de las gardenias, y  que endulzaba la brisa fresca de la tarde, recuerdo lo bien que se sentía el césped mojado por el rocío de la mañana cuando corría por él, después de un día de lluvia.

Me parece que aun pudiera percibir el sonido que producían los grillos y las cigarras al cantar en las noches de verano, también me parece sentir de nuevo la dura textura de las piedras y guijarros que formaban el camino que cruzaba y dividía al jardín, por el cual yo corría descalza como si en lugar de piedras y guijarros el camino estuviera formado por algodones.

Además recuerdo como me gustaba el sabor de los duraznos y las naranjas que crecían en la parte trasera del jardín, y también me es fácil recordar cómo me desagradaba el sabor de unos extraños frutos llamados lichis, esos que parecían fresas con una cascara gruesa por fuera y cuyo aspecto interior se asemeja al de una uva pero cuyo sabor era muy diferente y me era repugnante al paladar.

Recuerdo también la sensación desagradable que se producía en mí cuando por curiosidad me acercaba a los rosales y tocaba las espinas de las rosas encajándolas en mis dedos, provocándome un dolor insoportable y por consecuencia consiguiendo que mis yemas sangraran.

También recuerdo el sonido del dulce trino de los pájaros que cantaban para mí posados en las ramas de la buganvilia, me resulta divertido evocar el recuerdo de lo que sucedía después, los pájaros se acercaban a la fuente a beber agua y después desplegaban sus alas y emprendían el vuelo yo corría por el jardín tratando de alcanzarlos y después cuando se habían elevado tan alto que no podía tocarlos me maravillaba el ver como partían y se producía en mí una sensación indescriptible pues yo deseaba tener alas al igual que los pájaros para así poder elevarme a grandes alturas y surcar los cielos.

Pero el recuerdo que más disfruto evocar en mi memoria es la sonrisa que se producía en mí después de probar el dulce sabor de mi hasta aun hoy, fruto favorito, el exquisito sabor del caqui, ese extraño fruto color naranja de origen japonés y chino, que solo se cosecha en los meses de septiembre y octubre.

En efecto el jardín de mi abuela es mi lugar favorito, pues siempre que lo visito se evocan en mi memoria dulces recuerdos de mi infancia, sin duda los momentos más hermosos y felices de mi vida hasta ahora.

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