Es una ventana por la cual descubrimos la posibilidad de nuevos mundos narrativos. Son escrituras que experimentan con emociones figuradas desde el relato.

Taller de expresión escrita. Facilitadora: Margarita Díaz de León Ibarra

2 jun 2015

Llamado y residencia

Por Miriam Liliana Becerra Hernández "Manet"

Me han contado que cuando era pequeña, tuve un problema psicomotríz. Me daba miedo correr debido a que tenía una pierna más larga que la otra. Desde el día en que comencé a caminar, se hizo evidente mi defecto y cada vez que intentaba correr, mis pies disparejos se enredaban y terminaba azotando contra el suelo. Mis padres me llevaron con muchos doctores a muchas clínicas, y el diagnóstico de todos era siempre el mismo: “Necesita cirugía. No hay otra manera”.  Debido a la falta de recursos, pero más bien por causas del destino, fue que mis padres terminaron llevándome con un chamán sobandero. Entre frascos de hierbas en alcohol, veladoras, y santos de todo tipo, en una casa ruin y deteriorada como si nadie la albergara en mucho tiempo, Don Santos llenó mi infantil pierna de menjurges y aceites. Comenzó a sobarme dando unos tirones, empujando mi piernilla débil contra mi cadera, causándome una serie de dolores que jamás olvidaría. Después de un par de sesiones, diversos rezos en idiomas secretos y muchas lágrimas de mi parte, les dijo a mis padres que yo tenía un mal, pero que ya estaba curada. A modo de encantamiento de cuento de hadas agregó que caminaría perfectamente y además, que me iría muy bien toda la vida.
El chamán nada dijo sobre el amor, o al menos no que yo recuerde. Sin embargo, pareciera que me dejó de paso una maldición, gracias a la cual llevo el corazón en la mano y las emociones pegadas en la piel… Maldición y bendición a la vez, que me alejó de las actividades físicas por muchos años y me acercó al gusto de utilizar mis manos para exprimir mi carmín corazoncillo. Si bien mis historias amorosas son contadas, no son pocas, diría más bien que son significativas. Incluso podría contar mi vida por amores.
Hubo un momento en mi niñez en el que lo que sabía de historias y letras era poco, sin embargo, ya sentía una fuerte atracción por los libros. Un día de noviembre, mientras husmeaba entre el acervo “Del Rincón”, encontré un enorme libro ilustrado con coloridas acuarelas “Veinte poemas de amor y una canción desesperada”; en ese tiempo poco me importaba quién escribía los libros que leía, pero el titulo fue suficiente para llamar mi atención. Acostumbrada a los cuentos y su estructura lineal, surgieron en mi pueril mente varias preguntas: ¿Qué rayos eran esos artificios llamados poemas? ¿Por qué no contaban una historia como los cuentos? ¿Por qué no poseían un orden lógico o al menos cronológico? Y por qué, a pesar de todas esas cosas, me hacían sentir algo; alguna fibra en mi interior era tocada cada vez que leía en voz alta aquellas frases dulces, tan dulces que casi sentía que de las acuarelas ocres y naranjas del libro, escurriría miel en cualquier momento.
Leí el libro y no entendí ni resolví ni la mitad de las dudas que tenía, pero eso, al contrario de desinteresarme, me atrajo más.
Pasaron varios años y cuando tenía unos 16 volví a toparme con el mismo libro. “¿Otra vez tú?”, pensé cuando lo encontré entre los estantes de la Biblioteca del Ejercito. Esta vez, el libro no tenía gráficos en acuarela, era más bien, un libro pequeño de pastas gruesas, sin dibujos y con letritas acomodadas en versos suaves que al leer, seguía sin entender; sin embargo, esta vez me ocurrió algo similar a la vez anterior pero un tanto diferente, una lluvia de preguntas me volvió a asaltar… ¿Qué persona que viva en este mundo escribió esto?
Busqué al principio del libro y en la tercera página lo encontré:
Pablo Neruda
Comencé a buscar más libros de él y fue así como encontré “Cien sonetos de amor”… ¿ahora cien? ¿Qué clase de fascinación tiene este sujeto por los números, la poesía y el amor?
Una de esas tardes de adolescente, tomé mi bici y salí disparada a la Biblioteca del Ejército. Ya se me había vuelto una rutina ir allí cada martes. Ese día tenía un solo nombre en la mente: Neruda.
Entre un montón de libros, encontré uno delgadito, casi invisible, pues no lo había notado hasta ese día. Con un fondo negro y unas letrillas blancas en la portada se leía:

C R E P U S C U L A R I O

“Crepusculario me suena a un escapulario” pensé, “como de esos que te cuelgas y ya no debes quitarte el resto de tu vida, como de esos que he visto en casa de mi abuelita, y que se acompañan con promesas de devoción como la protección de la condena eterna." Si lo pensamos bien, uno lleva consigo todas las tardes de su vida, incluso la de hoy que está transcurriendo y las del futuro que están por transcurrir, imposible quitárselas de encima.
Me llevé el libro conmigo, y pedaleé en mi bicicleta hasta llegar a las instalaciones de la Feria, cuando no hay feria es un lugar bello, tranquilo y solitario, bueno para pensar. Era una tardecilla de mayo, había algunos charcos en el suelo por las lluvias recientes. Me senté en unas escalinatas y comencé a leer. De pronto me topé con una página que no contenía nada más que un solo verso:

Quisiera saltar al agua, para caer al cielo.

¿Saltar al agua para caer al cielo? Cerré el libro y volteé al frente y vi las esponjosas nubes anaranjadas por el sol embarradas en el suelo… ¡sí! reflejadas en un charco ¡Saltar al agua, para caer al cielo!
Hay veces que la vida te enreda en sus juegos sucios, y te sientes demasiado débil para escapar de esa maraña de estambres filamentosos, amorosos y violentos, que de pronto no le encuentras más sentido a la vida del que puede tener la muerte.
Tal vez Neruda se encontraba en uno de esos momentos, que deseaba tanto saltar al agua, y no volver a salir, si no quedarse en ese holograma de cielo reflejado. Crespusculario fue publicado cuando Neruda tenía apenas 19 años, ese día mirando el cielo pintado en la banqueta a mis 16 años, entendí por primera vez a Pablo y supe también que amaba la poesía.
Otro poeta, al que conocí después y que también deseaba detener el mundo como es y respirar un momento, fue Sabines. En su poema Autonecrología (VI) dice:

"Lo mejor de la escuela es el recreo",
Dice Judit, y pienso:
¿Cuándo la vida me dará un recreo?
¡Carajo! Estoy cansado.
Necesito morirme siquiera una semana.

¿Será que a veces el escribir te llena el alma, te vuelve adicto, te roba la vida, te absorbe, te quita lo que eres, y al mismo tiempo te da tanto, que no puedes dejar de hacerlo? Así como Neruda, como Sabines, que escribieron durante toda su vida, así yo no he podido dejar el lápiz por mucho tiempo. Si pasan unos días sin haber escrito una sola línea, siento que algo me falta; y no sólo es el escribir, es la persona a quién le escribes, la persona de quién hablas cuando escribes. Estás enamorado todo el tiempo: de la vida, del amor, de las mujeres, de la muerte… Es esa maldición o bendición que un chamán puso en tu vida alguna vez, indirecta o directamente te atan al amor, como Sabines y Chepita, Neruda y Albertina, Acuña y Rosario, como Alfonsina y Horacio. Amores que te desgarran hasta la muerte, y en esa larga procesión que es el romance, sólo tienes como armas a las palabras, como amigos a los cuentos, como sueños a los versos, como eterna compañera tu imaginación manifestada en tu literatura.



El otro día, descansando bajo la fría cantera de los arcos del exconvento, le dije a Ricardo que el arte te escoge, no escoges al arte. Que desde que uno es niño, hay unas vocecillas hablándote desde las pinturas, desde la música, desde el teatro, desde la poesía. Hay alguien mirándote, diciendo tu nombre bajito y si pones atención, sabrás entonces que el arte te ha elegido, y hagas lo que hagas no te va a soltar. Es paciente, y por más que lo evites, entrando a medicina como Sabines, huyendo a otro país como Neruda, te va esperar. Un día te tomará y no te va a dejar ya jamás. 

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