Es una ventana por la cual descubrimos la posibilidad de nuevos mundos narrativos. Son escrituras que experimentan con emociones figuradas desde el relato.

Taller de expresión escrita. Facilitadora: Margarita Díaz de León Ibarra
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24 may 2017

Nocturnos

Celina María Alfaro Pérez Molphe


I
Hoy muero una muerte lenta
inservible, rutinaria
aburrida por completo
y me deshago de mí.
Los síntomas de la noche
me atrapan desprevenida
ahogada en largas telas
tejidas con mis recuerdos.
Y todo parece negro
   y todo parece oscuro
y todo parece triste
 y todo parece nada.
Es mi piel, ahora polvo
desarticulado, libre
de los temores vacíos
que a la tierra me enlazaban.
Todo termina, tranquilo
caótico y sin sentido
El nudo de mi garganta
se deshace en un aullido,
un llamado para los
carroñeros que en silencio
siempre vivieron en mí.

II
Algo duerme, se asienta
habita mi garganta
araña mis recuerdos
me cega por completo.
Algo me habla, susurra
mentiras incompletas
y se arrastran, noctámbulas
en mí boca, mi cuerpo.
Algo se engancha en mí
me arrebata la piel
piel ya alterada, rota
sola y sin salvación.
Algo me encuentra muda
me rodea de sombras
sombras que antes he visto
en mis memorias muertas.
Algo se esconde en mí
es oscuro y siniestro
es una bestia insania,
me consume y consume.
Algo me cohabita
crece dentro de mí
y reemplaza el alma
que no creí tener.


III.

Sucumbo sin aliento
ante unas largas manos,
se sienten como ausencia
una asfixiante ausencia.
Y me encuentro fragmentada
frente a un maldito espejo
que no refleja nada
ni mi sombra, ni mi nada.
Y me convierto en presa
de una terrible obsesión
frágil, desesperanzada
tan incierta, tan muerta.
La oscuridad me encuentra
tonta melancolía
que me detiene incauta
que me aprisiona sola.
El miedo me acaricia
como un antiguo amante
y conozco esa piel
que roza con la mía,
resuena en mí memoria
me cuenta de recuerdos
de grandes aves negras
que arrancaban sus plumas,
y caían a mi cama
como un terrible augurio
augurio de mi nombre.


IV
Pude verme recostada,
sombras que me desollaban
y vi como me miraba
no podía sentir nada
¿existía el sufrimiento?
¿era parecido al miedo?
no me conmovía el alba
todo era solo fatiga
interminable fatiga.
Un desgarrador reposo
parecía ser eterno
transformó mi piel en mármol
craquelado con el tiempo.
De mi eterno dormitar
pude observarlos postrados
y rasgados trajes negros
brillantes como sus ojos,
figuras enmascaradas
que rezaban por mi carne.
  

V.
La noche se desvanece
el brío vibra con fuerza,
lo oscuro pinta en mi mente
un intranquilo velar.
Se ve melancolía
entrar en mi ventana
y sus gélidas manos
encuentran mi garganta.
Se asienta la angustia,
dentro de mis ojos
el hórrido insomnio
parece acabar.
Y la inquietud
ronda mi mente
todo se apaga
todo termina.
Es angustia
es tormento
es deceso
otro ser.
Agota
la muerte
mi tiempo

mi ansiar.

8 mar 2017

Que hubiera sido

Celina María Alfaro Pérez Molphe

Y tus ojos en los míos bailándole al vacío, alientos que ocupan el mismo espacio, manos que se transforman en cobija contra esa incertidumbre de si lo correcto será amarnos, enamorarnos.
Tú, que te escapaste de algún lugar secreto, ser moldeado a mi cuerpo que de grandes esperanzas me alimentaste, dejándome necesitada de ti y solo de ti; el aire no era nada si no era aire de tu cuerpo, no podía comer si no era de hambre de ti y solo quería todo de lo que me llevara a pronunciarte.
Quise engañarme pregonando que no sabía hablar de amor, que mentira si tu nombre era sinónimo de devoción y cuanto sobre pasión me enseñaste y ninguna noche se escapaba de nosotros, de nuestros cuerpos siendo uno.
Nosotros, salvajes imperfectos, absorbentes, vulnerables en todo momento que no nos tocamos, que no estamos juntos y que no danzamos como la marea lo hace con la arena, como el viento lo hace con las hojas, tan simple parecía todo contigo como lo era respirar.
 Eras cotidiano.
Podía comparar tu amor con el espacio y las estrellas, con esa ansia intensa de que siempre fueras mío de mi cuerpo y de mi alma, mío de mí ser y de la existencia que me ahorca y ahoga cada día, cada hora, cada momento de una inseparable colección de instantes en los que yo también te pertenezco y soy tuya de tú alma y de esos ojos con los que me miras y me atraviesas, sin detenerte y pensarlo, sin necesidad de analizarlo.
Te pienso hasta sin pensarlo sin desearlo inundas mi piel y mis células, células desgraciadas cuando no te encuentran, desdichadas cuando no te respiran, que deseosas se hallan de las tuyas y de ti. Y soñar era inútil, en un mundo donde solo tú, amor, donde solo tú existes de que sirve soñar, de que sirve desear algo más que no perderte.
Estúpido el día en que el universo decidió inventarnos, inventarnos como uno, inventarnos para el otro, estúpido el día en que el universo me obligó a amarte y a necesitarte.
Y que hubiera ocurrido de no tropezarnos, de habernos detenido, de no habernos conocido. Mi cabeza hubiera dejado de funcionar, mi corazón se habría detenido y yo hubiera dejado de soñar, de no haberte conocido. Y que si tus manos no me hubieran destruido, tus besos no me hubieran reconstruido, estaríamos muertos, muertos de dolor de no amarnos, de no transformarnos y de no recordarnos.
 Estaríamos muertos, respirando, tan muertos y solos, miserables llorando por algo que solo pudo ser, que no era más que un sueño dentro de un sueño y yo solo un alguien deseando nunca tener que despertar, poder solo seguir durmiendo y estando contigo, existiendo a tu lado, con tus manos, tus ojos y tus labios.
Y no puedo pensarme sin ti, prefiero continuar soñando, con tu nombre y tus párpados y tu tibia piel que calienta la mía que pareciera siempre estar fría.
Y que hubiera sido de no haberte conocido.

1 dic 2016

105 motivos para matar a Sofía

Celina María Alfaro Pérez Molphe

Siento ahogarme en este lugar, que no llamaría hogar, puedo pensar en miles de significados que darle a la casa donde vivo y siempre el más cercano será sinónimo de prisión. Me quiere deshacer, habito más cerca del infierno que de la tierra y me rompo cada que abro los ojos y pienso que hay un día más que tengo que vivir, mi cobardía es mi peor debilidad.

Necesito salir, huir de todo lo que me hace o se me esfumará la vida, temo en quien me convierte este horrible espacio y el miedo que me inunda cuando aparece frente a mi un desconocido al mirarme al espejo me hace odiar a esa maldita...
Sé que mis ilusiones de escapar no son más que una utopía a la que ni me acerco, la sombra de este lugar se ha enredado en mi cuerpo y sé que me perseguirá el resto de mi vida como si fuera un castigo; hogar son palabras extrañas para mí y siento mi lengua dormirse al intentar pronunciarlas como si intentara protegerme de ellas; deseó borrar mi memoria y que escapen los recuerdos desde el inicio de mi vida aquí o al menos desde el momento en que nació Sofía.
Sofía, otra palabra que sabe extraño, un nombre inadecuado para mi hermana que es todo menos inteligente, pareciera que la sabiduría se le escapó al nacer y le dejó como obsequio un horrible castigo ¿o será que su especie no es reconocida por ser inteligente? Mi hermana extraterrestre.
No es tonta, la palabra correcta sería llamarla ingenua, un ser de otro mundo o al menos la mitad de su rostro que no pertenece a la tierra, un poco más de otro planeta y algunos días solo puedo mirarla con aberración, siento asco de mis pensamientos, de cómo Sofía y su cara de plastilina derretida pueden lograr que me llene de odio y de sensaciones oscuras cercanas a la muerte.
¿A quién debo tenerle rencor? Será al mundo que me moldeó para no apreciar todo lo bueno de Sofía porque parece una carcasa de lo que alguna vez fue alguien o a aquellos que me dieron una hermana defectuosa.
Temo el rumbo que mi mente toma, corriendo hacia la locura hasta poder acariciarla, hacerle el amor y dejarme manipular por ella, y mis pensamientos al final del día siempre regresan a Sofía, sea de una u otra manera, buenos o malos, de vida o muerte, pero ninguno con una pizca de sanidad. ¿Será mejor pensar en mi hermana como un extraterrestre que como defectuosa? Porque escucho a mi madre llamarla así como si lo que afectara a Sofía fuera sordera y no la deformidad que me causa arcadas inconscientes.
En este momento puedo escuchar a lo lejos como murmura Rebeca y no quiero más que cocerle la boca, que guarde silencio, por un minuto que cierre la boca y ese sonido que sale de ella retumba en mi cabeza como martillazos. Rebeca y no madre, no merece el título, nosotros la matamos, yo y Sofía, le succionamos la vida como parásitos; lo sé por como pronuncia mi nombre, como si le diera asco la simple idea que pude salir de su interior; y si somos un castigo Sofía sería el mejor ejemplo; la imagen perfecta de cómo se vería su alma, deforme, derretida. Mi padre no es mejor, el epítome de la mala suerte y los monosílabos, con brazos de territorio desconocido y ojos rendidos, más un reflejo que un ser.
Puedo decir con seguridad que me muestro como una persona promedio, casi invisible, si desapareciera nadie me extrañaría; es probable que solo Sofía, a quien todos miran con una asquerosa curiosidad, es incómodo pero tranquilizante saber que no soy el único que mira a Sofía.
¿Existirá alguna razón que me moleste que ajenos miren a mi hermana de la misma forma en que lo hago yo?
Hay noches, en las que mi mente toma lo mejor de mí, en que pienso que me llevo a Sofía, utópicos pensamientos en los que su rostro no es más que uno del montón y los dos podemos ser felices. Nunca duran, siempre se rompen como el cristal ¿Qué haría a mis 17 con alguien de doce? ¿observarla? Esa niña extraterrestre, ilusa y torpe. ¿Quién soy yo como para creer que puedo salvarla? ¿Será que deseo salvarme yo? ¿Dejar de ser este engendro en el que Sofía me convierte?
Odio a Sofía más que a mis padres porque es más fácil culparla a ella que carga con su inocencia a piel viva, como si la quemara y ella lo disfrutara; como si le extasiara la espina que crea dentro de mí con su nombre y estruja mi corazón, pudriéndolo con sucios pensamientos de ira y desesperación que me transforman en quien no soy.
¿Qué clase de titiritero experto es ella que hace nacer dentro de mí monstruosos deseos?
La quiero pero detesto cada pizca de su existencia, cuando recuerdo como se acerca a mí y balbucea mi nombre como juguete roto, ’Abel’ Abel’ y yo la veo con una morbosa fascinación pues es porque debo sentir algo más que odio por ella.
No puedo recordar cuanto tiempo llevo molesto.
Me gustaría asfixiar a Sofía y despojarla de su miserable vida que mejor hubiera sido que naciera muerta, sería de mi parte un acto de bondad romper con su estúpida realidad que se sonríe como si nunca se hubiera visto en un espejo.
Uno de los recuerdos que más abruman mi mente es de mis diez años, cuando dejaba detrás mi niñez y tomaba de la mano al rencor; en mi delicada y quebrantable inocencia pensé en ayudar a Sofía, me dije que si le enderezaba el rostro las cosas mejorarían; tome la cinta adhesiva y con un poco de asco comencé a colocarla en su rostro. El resultado aún me causa pesadillas, esa sonrisa torcida y maliciosa que creé, si yo no era un artista y mucho menos un dios como para creer que podía lograr algo. Aún siento vergüenza ¿qué me creía? Ahora le diría a mi joven ser que con esas manos no podría causar más que dolor.
Mis calificaciones han bajado estos últimos meses, lo mejor sería dejar la escuela, demostrarle piedad a Sofía y largarme de esta casa ¿realmente no aprendo nada? ¿de verdad pienso que podría lograr más que sellar mi destino?
¿Seré yo más monstruo que ella por pensar así?
Es inevitable cargar la sombra de una muerte piadosa entre mis dedos cuando puedo observar la perversión que es mi hermana en las miradas ajenas, similar a la que aparece en el mío cuando ella no me puede ver y eso me enferma.
Mis manos dudan cada que ella me pide que peine su cabello o que pinte sus uñas, cuando exige historias nocturnas para poder dormir y murmura mi nombre como si fuera la respuesta a los secretos que esconde la vida, como si mi existencia junto a la de ella fuera suficiente; es doloroso, mi garganta se cierra y me doy cuenta de la aberración que se esconde en mi interior igual que la de Rebeca cuando al ver a Sofía solo pensaba en su muerte y en mi consiguiente libertad.
No recuerdo la última vez que hice más que mirar a Sofía, una respuesta a mi dolor de cuello, el mantener la mirada baja y sé que pronto necesitaré lentes, consecuencia de genética, como si mis padres no hubieran jodido mi vida lo suficiente ¿O habrá sido por mirar tanto a Sofía?
Sofía, Sofía, Sofía, uno no debería pasar tanto tiempo pensando en su hermana.

13 oct 2016

Anoxia

Celina María Alfaro Pérez Molphe

Estaba muriendo.
Me lo decía la cadencia de mi corazón que disminuía a golpes dentro de mi caja torácica, no tenía miedo, pensaba que no poseía uno y la situación en que me encontraba me probaba lo contrario. Apreté con fuerza la herramienta que tenía en mis manos y voltee a ver una última vez la ventana del segundo piso de la cual había saltado.
La noche descansaba desnuda sobre mi cabeza y en ella no había nube alguna que pudiera opacar la luz con que la luna tapaba la tierra; a pesar de ello solo podía alcanzar a ver unos pocos metros frente a mí. Así de grande era la oscuridad de mi cabeza que me cegaba y ensombrecía mi alma como una veladura gris.
Llevaba ya cuatro horas gritándole a un ser supremo por piedad o un solo segundo de su eterno tiempo y su respuesta fue silenciosa pero la entendí, los dioses son sordos.
Limpié los cristales de mi ropa y comencé a andar descalza por la acera de un lugar que no conocía pero recordaba haber soñado una de esas veces que me derrumbaba después de horas de insomnio, un maldito viejo amigo que me regalaba las peores alucinaciones. Períodos de dolores eternos pasé conversando con él, a quien no le importaba que mis palabras se tropezaran y carecieran de sentido; yo tenía diez años cuando comencé a tomar pastillas para dormir.
Los doctores no comprendían que podía hacer que una niña de esa edad pasara noche tras noche en vela y no les importaba que yo les dijera que era porque alguien sin cuerpo tocaba con fuerza la cabecera de mi cama.
Hacía frío y lo sabía porque de mi boca salía ese vapor con el que de pequeña me gustaba jugar a que fumaba, pero no podía sentirlo, mi cuerpo ya no sentía nada, era como si estuviera en un shock eterno desde que las paredes de mi mundo se habían tornado blancas.
Era consiente del lugar que dejaba atrás, mi cerebro no estaba tan deteriorado como para no recordar el día en que mi madre le gritó a mi padre que me alejara y aún podía sentir sus gruesas y sudorosas manos levantarme del suelo con brusquedad para poder lanzarme dentro del auto.
Tengo memorias vagas esas dos personas que no son más que manchas, pero esa nunca se irá, me visita de noche en los momentos en que me encuentro más vulnerable; a pesar de eso, sé que en algún tiempo ellos me quisieron. Pero los días en que mi madre susurró canciones para mí o en que mi padre me cargó en sus brazos quedaron tan atrás que no son ni un murmullo en el tiempo que me escasea.
Cuando llegué al oscuro pero blanco manicomio tenía trece años y fue la última vez que vi a mis padres, en sus miradas había tanto miedo y el saber que iba dirigido a mí en esa época me trajo mucha agonía pero ahora solo me produce placer; se merecen ese miedo, recordarme cada día y solo poder sentir el terror absoluto que yo les causaba.
Recuerdo haber esperado por semanas a que alguno de ellos dos pasara por mí, imaginaba como estúpida que vería el horrible auto verde que mi padre amaba estacionarse en el camino que se avistaba desde el área de convivencia, deseaba que aquel apestoso lugar no fuera a ser mi destino; esperé hasta que olvidé sus rostros y sus nombres.
Dicen los médicos que todos los días me pican como si yo fuera un experimento que mi mente es aberrante, no lo es, solo está algo nublada y algunas veces retumba por los alaridos o es molestada por el toc-toc que aún escucho en la cabecera de mi cama.
Ahora solo siento cansancio, noches sin dormir apiladas sobre mis hombros me tumban junto a un gran árbol, un cedro del cual seguramente alguien se colgó en el pasado y rasco con ansiedad el nombre que gravé sobre mi muñeca para no olvidar quien era, ‘Julia’, esas letras se sientan hinchadas sobre mi piel, una escarificación que prueba que algún día fui alguien.
Cuando tenía seis años metí la mano en la pecera del salón y apreté al inocente animal que nadaba sin conciencia alguna dentro de ella, recuerdo que la maestra me gritó y no creyó mis palabras cuando le dije que alguien más había tomado mi mano, que no era mi culpa. En el momento en que logró que soltara al pez ‘Gregorio’ solo quedaban las tripas del animal esparcidas entre mis dedos y esa para mi era una imagen hermosa, ahora entiendo que siempre adoré la fugacidad de la vida. Mientras me arrastraba a la oficina del director, subí mis pequeñas manos a mi nariz y las olí varias veces hasta que en mi mente se grabó esa hedionda muerte.
Cuando me pedían que les explicara porque me comportaba de una manera tan aterradora, les decía que si observaban bien de mi piel podrían ver salir millones de hilos casi transparentes conectados a una nada que me movía y me controlaba. Podía verlos a la perfección desplazarse dentro de mí como gusanos escarbando mi carne y alimentándose de mi autonomía, si fijaba la vista unas manos carcomidas y putrefactas tomaban con cuidado los hilos y los jalaban hacia ellas pero nunca supe a quien pertenecían.
Por eso arañaba mi cuerpo con desesperación, quería arrancar una de esas cadenas que se adherían a mis huesos para poder probar que no era mi culpa, rasgaba con cuidado los pedazos de dermis que podía separar y esperaba con ansias que en alguno de ellos se quedara pegado un hilo.
La deidad de una tierra desconocida me había abandonado a mi suerte, regalándome a un titiritero para que hiciera con mi persona lo que él deseara y no importaba que obligara a mi garganta sangrar suplicando y prometiendo que yo podía sola, los dioses son sordos.
Esos dioses malditos, indiferentes y crueles que me bendijeron con un cerebro consumido y defectuoso y ese miserable toc-toc que me impedía dormir.
Apreté con fuerza mi cabeza enterrando mis uñas en el cabello enmarañado que hacía años que no veía, había algo pegajoso entre mis dedos y cuando los baje para poder verlos me di cuenta que un líquido rojo con olor a óxido escurría de ellos, pero no olía a mi sangre.
Mis dientes titiritaban con tal fuerza que podía sentirlos quebrarse y el dolor de mi quijada subía hasta posarse en mi cabeza haciendo que explosiones de luz nublaran mi vista.
Una noche que pude escapar de mi cuarto, a dos años de que me abandonaran en el lugar, me colé en la habitación del doctor Andrade, un hombre que me obligaba a contarle sobre mi miente pero que no me creía cuando le hablaba sobre los hilos y las manos, abrí uno de sus cajones y encontré el nombre que estaba gravado en mi muñeca en un folder amarillo.
Había nacido muerta, ese era mi diagnóstico, una extraña enfermedad en que una bacteria se come mi cerebro poco a poco como si lo saboreara hasta que solo quede una carcasa de cráneo; no hay cura.
Al parecer el encierro es el tratamiento.
Tenía dieciséis años y me negaba a morir por una bacteria que sacaba hilos de mi cuerpo, yo la mataría y le probaría a todos los que me abandonaron a mi suerte que si había cura.
Ya no tenía nada que perder, había sido un ser fugaz y no había nacido muerta pero mi vida llegó a su fin en el momento en que mis manos aplastaron a Gregorio y solo podía pensar en oler mis dedos.
No sé si era yo, la bacteria o las manos que hacían el toc-toc quienes guiaban el destornillador a mi oreja pero reí por primera vez cuando lo sentí enterrarse dentro de mi cráneo y pude comenzar a ver como la bacteria escapaba bajando por mi hombro y mi brazo.
Comencé a sentir un dolor en el pecho que subía a mi garganta haciéndola nudos, quería llorar pero de mi ojos solo salían copos de nieve enfriando mis mejillas, los dedos que sostenían el destornillador se entumecieron y quise gritar de nuevo por la injusticia que se me había obsequiado.
Ya era muy tarde cuando me di cuenta que nunca me pertenecí, que yo era las manos que sostenían los hilos y que había matado a mi juguete, estaba sola, veía con intensidad desde alguna parte de la acera al cuerpo gélido de Julia y no era más.
No quedaba que salvar cuando entendí que solo estábamos Julia, el toc-toc, mis hilos y yo.

¿Quién era yo?